martes, 27 de octubre de 2015

HABLANDO DE TEATRO









Juan Carlos Ortiz Z.

En Puno no es frecuente el teatro, sin embargo, se presentan obras gracias al esfuerzo tenaz de ciertos grupos que apuestan por las tablas. Una de las obras importantes que se puso en escena en nuestra ciudad, data de finales del siglo anterior, recordémosla a través del siguiente artículo que escribí en aquella ocasión

YATIRI. ENTRE LOS DIOSES*

El grupo de teatro Yatiri, la última semana de enero, puso en escena Juegos de muerte, obra de creación colectiva bajo la dirección de Amiel Cayo y las actuaciones de Juan Vilca, Litzbel Charaja, José Chura, Iván Tacora y el propio Amiel. La obra fue presentada, antes de su puesta en la ciudad de Puno, en otros lugares del país en los cuales el trabajo tuvo gran acogida y crítica favorable.
Juegos… ambientada en una comunidad campesina, empieza con una tremenda discusión entre sus cinco personajes. La ira que los envuelve, va motiva por los más de dos años de sequía y la eterna espera de la ayuda prometida que nunca llega; y que deviene en desesperación y violencia.
El dirigente de la comunidad, don Venancio Colque (Juan Vilca), quien encarna los males en la comunidad y entorno al cual giran los acontecimientos del argumento, se encuentra en serios entredichos. Este es acusado por una parte del pueblo de mal manejar los ya escasos víveres que subsidian la supervivencia en el terrible momento de sequía; de dirigir la comunidad por intereses propios; y además, es acusado por la viuda (Litzbel Charaja), del asesinato del esposo de ésta, el anterior dirigente de la comunidad.
El misterioso crimen que queda impune (en apariencia), le es revelado a la viuda en sus sueños, en unas escenas brillantes de danza y violencia, en la que se deja entrever el asesinato ocurrido con anterioridad a los acontecimientos que muestra la puesta. Este crimen pone a Venancio en la dirigencia, ayudado por algunos comuneros de su confianza. Como es de esperarse, Venancio Colque niega la acusación.
La fuerte sequía sigue desencadenando desesperación, peleas y desconcierto en la comunidad, quedando únicamente el esperar la ayuda prometida y el encomendarse a la Santísima Cruz, a la que se le dedican procesiones fervorosas y rezos con incienso. Algunos prefieren “encomendarse” a la Pacha Mama, a la que el propio Venancio y algunos comuneros no le dan el menor crédito, surgiendo así, un enfrentamiento y división por las deidades.
La ayuda no llega como es de esperarse, las lluvias tampoco. Los Dioses no hacen caso a los ruegos.  El hambre y la muerte rondan en la comunidad.
Por último, sólo queda la fiesta de la Cruz, que el pueblo celebra con ganas y derroche de energía, a pesar de todo. La fiesta terminará mal, con el asomo de la frustración y la furia del presidente de la comunidad, quien ebrio y cansado de tanta espera, en un arranque de ira y después de pelear con algunos comuneros, se lanzará furioso sobre la Cruz,  destrozando a golpes de piedra la imagen oval de Cristo. Los hombres de la comunidad, entre irritados y perplejos, golpearan brutalmente al hereje para luego crucificarlo, atándolo de pies y manos en la cruz. Momentos después de la crucifixión, en medio de la perplejidad y la ira, el cielo empieza a relampaguear anunciando lluvia por fin.
Todos volverán a sus casas, quedando como última escena la crucifixión iluminada por los relámpagos intermitentes en la obscuridad, bajo la lluvia ya presente en pleno.
Yatiri con Juegos de muerte, trae nuevamente a la mesa de discusión el tema del resquebrajamiento de la “cultura andina”, como resultado de la imposición occidental. Dentro de esta idea general, en el transcurso de la obra, encontramos puntos sobre los que la puesta busca llamar a reflexión.
En medio de la sequía se anuncia la llegada de un personaje a la comunidad, se trata de un candidato al Congreso de la República. Este personaje no asoma en escena, pero, le sirve a Yatiri para recrear todos los arreglos y manipulaciones que se dan en tiempo de campaña electoral en el campo. El dirigente Venancio Colque es el vehículo de estos actos de manipulación, para ello lleva a los comuneros a una larga espera, aguardando la llegada del político, con preparativos de fiesta popular, cuidando, por supuesto, intereses propios. El candidato nunca llega, terminando todo en una parodia a las campañas electorales. La ayuda que se esperaba se esfuma con este hecho.
Un punto vinculado al anterior, sobre el que también se busca llamar la atención, es el asistencialismo. En medio de la difícil situación, los personajes traen consigo unos sacos vacíos, buscando hacerse de una parte de la ayuda prometida que aguardan a lo largo de la obra. Esta actitud se ve reflejada con nitidez en la puesta, hasta con cierta exageración, logrando llamar la atención sobre un hecho prácticamente habitual en nuestro país, la ayuda fácil por cálculo político, que en los últimos tiempos, ha acostumbrado al campesino a esperar con manos cruzadas las dádivas del gobierno.
Un tercer punto importante, es la discusión en un pasaje de la puesta sobre la deidad a la que debía recurrirse por ayuda, representada en la cruz (occidente) y la Pacha Mama (lo andino). Algunos comuneros reclamaron por lo segundo: la ofrenda a la divinidad andina, el pago a la tierra, la no alternancia y simultaneidad con lo católico; esto último, prueba de un claro desapego a la esencia de la cultura matriz, a la pérdida de la identidad, que Yatiri quiere mostrar en este pasaje. Sin embargo, el final es sorprendente y violento. Venancio Colque destroza con una piedra la imagen de Cristo, luego será crucificado por esto. Como ocurre en el mundo andino, nada queda impune, sin castigo.
Juegos de muerte es una magnifica obra teatral, con algunos altibajos menores que no le quitan el mérito de conjunto.


* Este artículo fue publicado en la revista de periodismo puneño Reporte, año 2 Nº 20, del 1 al 15 de marzo de 1999.

 
 

¡QUÉ VIVAN LOS PREMIOS PLATINO!




Juan Carlos Ortiz Z.

La segunda edición de los premios platino, este 2015, se llevó a cabo en Marbella, España, el sábado 18 de julio. Para este año se presentaron 760 películas en concurso, lo que deja entrever la buena salud del Cine Iberoamericano. En la ceremonia de premiación, estuvieron representados todos los países sudamericanos, centroamericanos y España, a través de sus realizadores y actores que presentaron las categorías, los nominados y premiaron a los ganadores. Por el Perú, estuvo presente la actriz Stephanie Cayo y el actor y director Salvador del Solar.
 La nota fuerte, por decirlo de algún modo, salió de boca de Antonio Banderas, galardonado con el Premio Platino de Honor. Banderas arengó en favor del Cine Iberoamericano, y destacó el que se llevara a cabo una premiación como la del Platino, que debe hacer fuerte a nuestro cine “para poder competir en igualdad de condiciones” señaló el actor y productor español, refiriéndose a la gran industria de Hollywood, luego, agregó: “nadie nos valorará si no lo hacemos nosotros primero”. La parte más picante de su disertación fue cuando se refirió a Donald Trump y su discurso antiinmigrante. La presentación de Banderas estuvo enmarcada en el halo de Cervantes, en El Quijote de la Mancha, en el sueño de un Cine Iberoamericano fuerte.
La gran película de la noche de premiación fue  "Relatos salvajes", ganadora como la Mejor Película Iberoamericana de Ficción, así como Premios Platino a Mejor Dirección, el realizador: Damián Szifrón.
Los otros premios, en las categorías habituales, fueron como sigue:
Premio Platino a la Mejor Interpretación Masculina: Oscar Jaenada, por "Cantinflas".
Premio Platino a la Mejor Interpretación Femenina: Érica Rivas, por "Relatos Salvajes".
Premio Platino al Mejor Guión: Damián Szifron, por "Relatos Salvajes".
Premio Platino a la Mejor Música Original: Gustavo Santaolalla, por "Relatos salvajes".
Premio Platino a la Mejor Dirección de Sonido: José Luis Díaz, por "Relatos Salvajes".
Premio Platino a la Mejor Dirección de Montaje: Damián Szifron y Pablo Barbieri, por "Relatos Salvajes".
Premio Platino a la Mejor Dirección de Fotografía: Alex Catalán, por "La isla mínima".
Premio Platino a la Mejor Dirección de Arte: Clara Notari, por "Relatos salvajes".
Premio Platino a la Mejor Película de Animación: "O menino e o mundo", de Brasil.
Premio Platino a la Mejor Película Documental: "La sal de la tierra", de Brasil y dirigida por Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado.
Premio Platino Camilo Vives a la Mejor Ópera Prima de Ficción Iberoamericana: "La distancia más larga", dirigida por Claudia Pinto Emperador.
Y, por supuesto, como lo mencionamos líneas arriba, el Premio Platino de Honor del Cine Iberoamericano fue para Antonio Banderas.
Quizá habría que destacar que en las dos ediciones que lleva los Platino, las películas ganadoras han sido de esta parte del globo. El año pasado fue “No se aceptan devoluciones”, película mexicana, y, este año, "Relatos Salvajes", filme argentino. A esta podemos sumar la Opera Prima "La distancia más larga", película venezolana, por supuesto algunas de estas en coproducción con España. Lo curioso del caso, sería que el Premio Platino a la Mejor Interpretación Masculina, fue otorgado al actor español Oscar Jaenada, nada menos que por "Cantinflas", un ícono del cine latinoamericano.
De las películas peruanas, cuatro fueron preseleccionadas para competir en diversas categorías, estas fueron: “El elefante desaparecido”, “El mudo”, “Perro guardián” y “Buscando a Gastón”. Las categorías: “Mejor documental”, “Mejor dirección”, “Mejor guión”, “Mejor interpretación masculina”, “Mejor interpretación femenina”, “Mejor música original”, entre otras (http://peru.com).
Las 760 películas presentadas a concurso es un conjunto de producciones que nos deja tranquilos a los que gustamos del cine (le llamaremos alternativo, a sabiendas que este rótulo puede ser polémico) de contenidos que reflejan el cómo somos los seres humanos, y que nos permite reflexionar sobre nuestras circunstancias, sobre nuestras vidas, y acaso el poder mejorarlas, para bien de todos.

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Texto publicado en el diario Los Andes

miércoles, 23 de julio de 2014

Siguiendo a Gabo



Por: Juan Carlos Ortiz Z.

Uno de los primeros libros que leí de Gabriel García Márquez fue “Ojos de perro azul”, un libro de cuentos que me deslumbró e hizo que siguiera a Gabo en mis primeros años de estudiante de literatura, en la universidad. Desde entonces, los que gustábamos de su prosa mágica (muchos), de extraordinario lenguaje, buscábamos sus libros en las aceras de la ciudad, o en los locales de venta de libros de segunda. En esos años las copias piratas o no existían o recién iniciaban, de modo que podían encontrarse libros originales. De no ser el caso, leíamos a Gabo en las bibliotecas públicas de la ciudad, o en las de la facultad, o por préstamos de los amigos que tenían los libros del escritor colombiano en sus hogares.
En algunos casos hacíamos el esfuerzo de comprar ejemplares nuevos en alguna librería, temerosos de ocasionar un desequilibrio en el presupuesto mensual de estudiantes. Así compré “El olor de la guayaba”, lo recuerdo, en una pequeña librería del centro de la ciudad, a unos pasos de Mercaderes.
En “Ojos de perro azul”, pude aprender las frases cortas y contundentes con que inician sus cuentos. “Sin saber por qué, despertó sobresaltado”, por ejemplo, o, “Entonces me miró”, también, “Nabo estaba de bruces, sobre la hierba muerta”. Luego vino “El coronel no tiene quien le escriba” y “Crónica de una muerte anunciada”.
En “El olor de la guayaba” de Plinio Apuleyo, me arrojé con ganas y ansias sobre las revelaciones que tendría por hacer García Márquez, en cuanto al cómo había escrito sus libros, y al arte de escribir en general. En esa entrevista habla de los autores de los que aprendió, y los que le gustaron, entre otros temas. Quizá sea la razón por la que poco tiempo después, leí a Grahan Greene. Gabo dice de este autor, que le había enseñado bastante en cuanto a técnica narrativa. La verdad disfruté mucho “El americano impasible”.
Luego de leer “Cien años de soledad”, en el patio de Filosofía y Humanidades de la universidad San Agustín, nos la pasamos con los amigos y compañeros de clase, varias semanas hablando de esta novela que desafía la realidad. Sus imágenes que parecen sacadas del cine más fantástico, pero sin dejar la base real de la que Gabo parte, nos causaba asombro, más el que estuviera en un libro reconocido mundialmente, cuyo autor era un premio nobel, nada menos. El asombro provenía de la comparación con el resto de literatura leída hasta “Cien años de soledad”, una literatura realista casi en su totalidad.
De las primeras lecturas de la obra de este estupendo escritor, recuerdo haberme dado un tiempo para transcribir en mi pequeña maquina Olivetti, las mejores frases, las más extraordinarias, en todo caso las que más me atrajeron. Habré transcrito aquellas en una media docena de páginas, que luego se me perdieron en una mudanza. Pues un lenguaje como el que tuvo García Márquez, seduce a los que gustamos de la literatura, como un hechizo infalible.
La novela que más me deslumbró de este escritor, fue “El otoño del patriarca”, libro de una prosa sin fisuras. En mi época de estudiante, por supuesto, no tenía el libro en casa, de modo que debí leerlo de prestado, pues el ejemplar que ahora poseo en mi biblioteca, de tapas duras, lo compré sin dudarlo en original, hace unos años apenas, en una librería de viejo, y en una editorial poco conocida, al menos para mí: “Plaza y Janes, S.A.”.
Los últimos libros de García Márquez con los cuales tuve contacto como lector, fueron: “Doce cuentos peregrinos”, que debe ser una lectura de fines del siglo anterior, y del reciente, a principios, “La bendita manía de contar”, del taller de cine que condujo para la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba.
Ahora dejo los recuerdos sobre Gabo, pues un pálpito repentino, en esta media mañana, me indica que debo ir al jardín de flores coloridas que mi esposa ha conformado en la terraza de la casa. Algo me dice que unas mariposas amarillas danzan alegres entre y sobre los maceteros. Debo ir a ver me digo, y me dirijo allá con un vallenato alegre en la memoria, que empiezo a tararear contento.


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Texto publicado en el diario Los andes el 01 jun 2014

jueves, 12 de diciembre de 2013

La diversidad es la unidad en la actual literatura latinoamericana

ÁLVARO GONZÁLEZ Guadalajara (México) 7 DIC 2013 - 23:34 CET


Los escritores latinoamericanos reunidos en la Feria de Guadalajara explican sus rutas y exploraciones literarias


La pluralidad de voces, la mezcla de razas y la hibridación de géneros son algunas características de la actual literatura de los 20 países que conforman América Latina. El retrato literario, si existiera, sería la diversidad y en el deseo de contar el mundo y contenerlo desde los micromundos que sus autores describen. Así ha quedado reflejado en la sesión Latinoamérica viva, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajar que termina hoy.

A esa aspiración de una foto fija, que aquí es mosaico, se suma el hecho de que en muchos de los autores nacidos en las décadas de los setenta y ochenta aún existe una relación ambivalente con los grandes escritores del Boom latinoamericano. Algunos se debaten entre matarlo, mientras otros prefieren tenerlo en la mesa de noche. “Con los escritores de mi generación sucede un fenómeno particular, o tienen un respeto absoluto o de rechazo total con la tradición. La relación con nuestros padres literarios es un poco neurótica”, reconoce Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), autora de Los ingrávidos y La historia de mis dientes.
La tarea de definir o de situar la literatura de la región es un trabajo complejo, una tarea casi imposible. La cantidad de autores, el número de países, la diversidad de géneros, la migración, internet, hacen que el mapa literario sea inabarcable. Siete autores menores de cuarenta años dan algunas pistas y se animan a tomar el pulso de lo que se escribe actualmente.
Quizás estoy haciendo una simplificación, pero hay un tema recurrente en estos autores: la familia disfuncional, las relaciones de pareja y la vida cotidiana, dice Iparraguirre
“Siempre destaco el caso de Carlos Yushimito porque representa lo que es ser un escritor latinoamericano en la actualidad. Es peruano de ascendencia japonesa que escribe sobre las favelas brasileñas desde Estados Unidos. Yo, por el contrario, soy un escritor limeño que escribe en Lima sobre limeños no reniego que formamos parte de una tradición extraordinaria formada por Roberto Bolaño, Vargas Llosa y muchos más”, dice Jeremías Gamboa (Lima, 1975).

Para una generación que considera el Boom como un asunto más de los libros de historia y cuyos estilos narrativos no están atados a nombres particulares, ni a temáticas nacionales, cada uno reivindica su propia producción, en muchos casos a través de un universo intimista.
Por eso, a la hora de establecer un canon se recurre a encuentros como Bogotá 39, a las listas de la revista Granta o a las antologías. La editorial peruana Casatomada publicó en 2009 Asamblea portátil, un libro que reunió el trabajo de 25 escritores nacidos entre 1974 y 1987 y que establece unas coordenadas más o menos precisas que pueden dar una visión aproximada sobre la narrativa latinoamericana contemporánea. “Los autores más recientes utilizan un sampling que los libera de la carga social impuesta a sus antecesores para crear un panorama más diverso”, se afirma en el texto de introducción.
“Quizás estoy haciendo una simplificación, pero hay un tema recurrente en estos autores: la familia disfuncional, las relaciones de pareja y la vida cotidiana”, asegura el peruano Alexis Iparaguirre (Lima, 1974).
Antonio Díaz Oliva (Chile, 1985), quien cursa una maestría en la Universidad de Nueva York, coordina el proyecto 20/40 una antología de eBooks de autores latinoamericanos que viven en Estados Unidos que se presentó hace un par de meses en la Universidad de Cornell. Cuando termine el proyecto se habrán editado cinco libros digitales con relatos de cuatro autores cada uno. En la FIL de Guadalajara presentará el segundo volumen.
La pregunta ¿desde dónde estoy escribiendo? recorre todos estos relatos. Los términos como fronterizo o glocal podrían ayudar a la hora de entender a estos autores, dice Díaz
“La pregunta ¿desde dónde estoy escribiendo? recorre todos estos relatos. Los términos como fronterizo o glocal podrían ayudar a la hora de entender a estos autores”, dice el escritor y editor chileno.
La migración, la identidad, la movilidad no son temas recientes, sino realidades que ya experimentaron los autores del Boom. “Uno de los grandes escritores de Chile es José Donoso. Donoso vivió muchos años fuera de Chile. Y el Boom... ¿cuántos de ellos vivieron fuera de sus países? Y no sólo eso: ¿cuántos de esos escribieron sobre temas, tradiciones o temáticas que no eran las que generalmente se asocian con sus países? Volviendo a Donoso, sin ir más lejos, sus primeros relatos están escritos en inglés, con una prosa más pensada en español. Más fronterizo que eso no creo que exista”, opina Díaz Oliva.
Con el concepto de literatura nacional superado, para muchos, como para el boliviano Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981), todavía es posible pensar en tradiciones literarias regionales. “En mi caso, puedo ser un escritor cochabambino, boliviano y latinoamericano, dependiendo desde dónde se mire. Son territorios imaginarios que se superponen y en los que seguramente aparecería ocupando y defendiendo distintas posiciones”.
El caso brasileño merece un análisis aparte. Durante una de las charlas del foro Latinoamérica Viva que organiza la FIL, Guadalupe Nettel afirmó que percibía un mayor compromiso político en los escritores brasileños que en los mexicanos.
“Yo no puedo hablar mucho de Brasil porque no lo conozco. Es evidente que en países como Chile existe un gran número de autores comprometidos políticamente y lo mismo sucede en México”, dice Valeria Luiselli.
El brasileño Ricardo Lísias (Brasil) valida esta tendencia. “Yo escribo para enfrentar los conflictos de mi país. Tenemos problemas internos muy grandes que la gente de afuera no sabe que existen”.
La mayoría de los autores reivindica la libertad de creación y no suele tener ataduras sociales o históricas respecto a sus padres y abuelos literarios. “Cuando uno se convierte en un predicador de principios y se casa con una forma literaria la libertad para explorar se acaba”, dice Luiselli. “Hay muchos autores que tienen tienen la obsesión de ocupar lugares de autores clásicos. Quieren ser el próximo Carlos Fuentes, pero lo que nos salvará como escritores es tener una relación más libre y menos respetuosa con la tradición”.
En eso está de acuerdo Emilia Fraia (Brasil, 1982) autor de El verano del chivo (Alfaguara). “Autores como Valeria (y otros más) han empezado a inventar cosas nuevas porque el mundo no nos resulta suficiente”. Jeremías afirma que su generación tiene nuevas tareas y retos. “Retratar el universo doméstico, hablar de la la intimidad, incorporar las relaciones familiares y sociales, indagar en el hombre y la mujer común”.
Otros, como Juan Álvarez (Colombia, 1978), prefiere quitarle romanticismo al tema. “Mi principal preocupación narrativa hoy es conseguir dinero”.