martes, 29 de diciembre de 2015

TRES RENGLONES Y UNA EQUIS*




 Juan Carlos Ortiz Z.

¡Sar, sar...! ¡Mi sar...!
El sargento despierta y se endereza rápidamente en la cama.
¿Qué pasa? dice. Había estado soñando feo.
¡Ladrones, creo que son ladrones, y en el despacho, mi sar!...
El sargento, aún adormecido por el sueño, se esfuerza por oír conteniendo la respiración, y, aguzando todos los otros sentidos, trata de percibir algo, de todos modos, en la insondable oscuridad de la cuadra.
¡Carajo, ya no respetan ni el puesto de policía…! Pero... ¿estás seguro?
¡Sí, mi sar!
A continuación, el viejo salta de la cama arrojando las frazadas, y llama:
¡Zegarra! ¡Zegarra!
No le hará caso, mi sar, Zegarra cuando duerme es una piedra.
¡Carajo!...
Una vez en pie, clase y subalterno, ya despiertos del todo, se toman un par de segundos para oír algo en el silencio de la noche, desde la oscuridad de la cuadra. En seguida, un insignificante murmullo los lleva a abrigarse de prisa, nerviosos, con la atención puesta en el despacho, el cuarto más importante del puesto policial.
El sargento, después de enfundar los pies gruesos en los borceguíes, busca su arma por todos lados; tropieza unos segundos después con su forma familiar en el cajoncillo de la mesita común. Estaba fría y aceitosa.
¡Abra la puerta, Apaza...! dice.
Está abierta, mi sar...
La noche era una masa sólida de oscuridad, casi tangible.
El sargento, una vez en el umbral, por intuición o costumbre, clava la mirada en la puerta imaginaria del despacho, en el punto en el que debería estar, al frente, del otro lado del patio de tierra que la oscuridad esconde. Solo podía oírse en ese instante, en el hueco de la noche, la respiración pesada de Zegarra, que seguro habría cambiado de lado sobre el colchón, en el fondo de la cuadra.
El viejo jefe de puesto sale cauteloso, con el arma en la derecha a la altura del estómago, sintiendo aún el frío de la culata de hierro forrada en madera grasosa. De inmediato, el frío manosea sus tobillos y pantorrillas desnudas, pues, lleva los borceguíes abiertos como orejas de elefante, arrastrando los cordones. De modo exagerado, su vientre sobresale por encima del elástico amplio de los calzoncillos, y del pantaloncillo blanco y corto de dormir. Una sensación de desasosiego le revolotea en las tripas, y traga saliva a cada momento.
Allí afuera todo está en profunda calma, en una calma fastidiosa que afecta los nervios.
El obeso sargento continúa desplazándose con pasos laterales, sobre la veredita de concreto que acompaña a los muros que rodean el patio de tierra, rozando el espeso capote verde contra la pared de adobe, mirando atento al frente. Una vez acostumbrado a la oscuridad, la puerta del despacho y las ventanas se hacen visibles mágicamente, en esa escasa fosforescencia del cielo sin estrellas, que sus ojos heridos por el sueño no pudieron percibir en un inicio.
Una vez en el flanco contiguo, el hombre viejo echa un vistazo por la pequeña ventana baja de la cocina. No alcanza nada. A tres o cuatro pasos a continuación, la puerta tiene el candado de costumbre con sus extraños repujados ininteligibles. Lo aprieta con fuerza para cerciorarse que es real. Luego del otro ángulo, hace lo mismo, mira por los vidrios a la sala de archivos, e imagina la pila de legajos polvorientos atados o cosidos con gruesos pabilos blancos en el rincón habitual.
Apaza, a la altura de la cocina, siguiendo los pasos del sargento, echa una ojeada por la ventana, al acercar la cara a los vidrios oye unos ruidos. Imagina a alguien junto a la vieja mesa de madera en la oscuridad, se sobrecoge; entonces, afirma mejor los pies en la vereda, dudando, en el interior los murmullos crecen y el guardia no vacila en tirar del gatillo astillando el silencio de la noche y uno de los vidrios cuadrados de la ventana. El estruendo es enorme, hace eco en el cielo vacío y oscuro.
¡¿Quién-ca-ra-jo-es?! pregunta el sargento, asustado, luego de unos segundos que parecieron un siglo, mordiendo cada sílaba de la frase, pegado a la pared, listo para contestar el fuego.
¡Guardia Apaza, mi sar!
...
¡¿Quién es, carajo?! –grita Zegarra con la voz salida de su garganta seca por el susto, desde la puerta de la cuadra, sin saber si hay alguien en la oscuridad exterior. Trae el correaje grueso en la mano, que ensarta la funda que guarda el revólver. Nadie puede verlo.
¡Shhh...!
El sargento mira por la ventana del despacho, luego se acerca a la puerta. El candado estaba puesto como todas las noches.
¡Las llaves! pide.
Apaza se dirige rápidamente a la voz, a grandes trancos, inseguro, procurando adivinar dónde pisa y describiendo una hipotenusa entre la cocina y la puerta del despacho.
El sargento entra sigiloso en el ambiente oscuro, con el arma lista y el candado en la izquierda estrujándolo con violencia. ¿Entrarían por la ventana que da afuera, a la pampa inmensa? Luego anda casi en puntillas hasta medio despacho, con los ojos bien abiertos, después vira un poco y se asoma a la mesa que hace de escritorio, en el rincón.
Luego de unos segundos dice por decir algo y hacer tierra con la tensión del instante, con su voz ronca de sargento:
¡Solo está la calata, carajo! Se refería al semidesnudo de la muchacha en el almanaque de lubricantes Castrol, en la pared sobre el escritorio, que creía ver en la oscuridad y que todos tienen grabado en la memoria.
Mi sar, se va a volver ciego, no haga tanto esfuerzo dice Apaza, sarcástico, apoyado en el muro interior del despacho, junto a la entrada, ya relajado.
En la cuadra, al frente, el guardia Zegarra acababa de asomar por segunda vez al umbral de la puerta, esta vez más arropado, y con el mechero de pantalla de vidrio recién encendido. Solo aguardaba un poco más a que la llama, aún desvanecida, cobrara fuerza del todo, y que sus ojos dejaran de dolerle por el sueño. Entonces, el sargento escrutó mejor el largo del cuarto que se empleaba como despacho, reinventado tenuemente en ese momento por la luminosidad amarillenta y vacilante del mechero, que ingresa por los cristales y la puerta marcándose en la pared opuesta de ventanas mucho más pequeñas que daban a la pampa inconmensurable.
Al parecer, todo estaba en orden.
El sargento vuelve al calendario enorme, y allí estaba la joven, en traje de baño rojo de una sola pieza, impasible y soberbia, revelada por la luz. La sombra del hombre viejo, proyectada por la emisión del mechero, baila al lado del almanaque.
¿Qué es, mi sargento?
La pregunta vino del patio de tierra. No hubo respuesta. A continuación, una carcajada irrumpe en el despacho.
¡Oiga!, ¿de qué se ríe? pregunta el sargento, ceñudo,  mientras deposita el arma y el candado sobre la mesa, junto a la máquina de escribir. Apaza, mostrando los dientes, señala con un índice oscuro. A la luz del mechero, la figura del guardia Zegarra luce grotesca en el umbral del despacho. Traía quepí, el capote espeso colgado de sus hombros, las piernas desnudas, los borceguíes abiertos, el mechero con pantalla de vidrio en la izquierda y el brazo derecho colgándole muerto por el peso del revolver.
El hombre mayor con la cara ajada se vuelve hacia Apaza. El guardia recién examina al hombre viejo de pies a cabeza y se disculpa llevando los dedos a la visera. Solo Apaza traía unos viejos pantalones de la institución.
¿Qué fue, mi sargento? pregunta Zegarra otra vez.
Parece que nada responde con voz ronca el interpelado, y sale hacia la cuadra. Mañana es lunes, me voy a la cama.
Juraría que oí algo, mi sar dice Apaza, siguiéndolo.
Serán fantasmas, o tu imaginación...
Se fueron a dormir.



En esa región inconmensurable de la sierra, en la que el puesto de policía era un lunar casi solitario en la inmensa pampa verde y marrón, el sargento era el único capaz de distinguir un día lunes de un domingo, o un jueves, o cualquier otro día. Para el resto de efectivos, todo era igual, excepto la temporada de lluvia: el sol sale por el mismo lugar; el cielo es siempre azul; las nubes tienen las mismas formas; el horizonte, claro, el mismo; las estrellas y la noche, silenciosas. Pero ahora, estaban los ruidos.
Ese lunes los sonidos volvieron a presentarse y el sargento saltó hacia la ventana armado.
¿Qué puede ser, mi sargento? pregunta Zegarra, esta vez despierto.
... Mmm... ¿La guerrilla?... No sé.
Aquí no creo, jefe, prácticamente estamos con un pie en el otro país, además, eso terminó hace años.
Es mejor prevenir, no hay que confiarse.
Mi sar, yo no oí nada dice Apaza.
A decir verdad, creo que yo tampoco, mi sargento...
Shhh...
¿Qué es eso?
¡Parece una maquina de escribir!
Luego de unos segundos largos, en la oscuridad de la cuadra, los dos guardias se visten veloces y empuñan sus armas.
¡Vamos, muévanse, a las ventanas y la puerta! dice la voz ronca del jefe de puesto. Salir anoche descubiertos fue una cojudez.
Se parapetaron aguardando movimientos y un posible ataque. Después de esperar un buen rato, salieron.
¡Zegarra, aquí, cúbrenos! ¡Apaza, a la derecha, a la cocina!
Salieron sigilosos al frío, bien aferrados a los revólveres. Y cuando Apaza indicó, en voz baja, que todo estaba despejado el sargento cruzó cauto el umbral y luego el patio como si buscara sorprender a una gallina por la cola; y, una vez en el otro punto, frente a la puerta del despacho, oye un ruido claro y dispara repetidas veces, y en seguida se parapeta a un costado de la puerta. Los fogonazos rasgaron la oscuridad sucesivamente. Luego de un silencio pesado, el jefe de puesto mete las dos hojas de un puntapié; estas ceden con quejidos, fácilmente.
Una vez dentro, escruta por un momento el interior, y aguza la vista para alcanzar la mesa que la oscuridad envuelve; de allí venían los ruidos.
¡El mechero! pide.
Apaza cruza el umbral de la cuadra hacia el interior procurando no rozar el aire. Busca el mechero en la ventana. Finalmente, Zegarra toma la lata sin la pantalla de vidrio y cruza rápidamente el patio. Chasquea el palito de fósforo en la lija de la cajilla que buscó en su capote y prende el trapo empapado en querosene. La oscuridad se repliega desde las manos del sargento.
¿Qué fue eso? preguntó Zegarra, distraído mirando en derredor, como si pensará en voz alta clavado en el vacío del despacho.
El sargento camina hacia la mesa y Zegarra lo sigue mecánicamente. A sus dos sombras, enormes y vacilantes en uno los muros, se junta la de Apaza.
¿Quién usó la maquina ayer? interroga el viejo jefe de puesto, desconcertado.
Yo contestó Zegarra. Ayer hice el parte sobre el disparo de Apaza. Solo eso.
Apaza se intranquiliza. El sargento entrega el mechero a Zegarra y en seguida libera los folios del rodillo de la voluminosa Remington. Toma su mentón preocupado con la mano izquierda y la derecha asoma el papel a la lumbre, luego acerca la cara gruesa repentinamente sobre la hoja. Los dos guardias hacen lo propio y se estremecen. Zegarra y el sargento miran a Apaza. Éste niega con la cabeza repetidas veces, todavía impresionado. La hoja bulky tenía tres renglones de equis más una en la línea siguiente, el resto estaba en blanco. Apaza mira la silla y luego la máquina sobre la mesa y se persigna rápidamente.
               
               
               
A la mañana siguiente, temprano, reexaminan el despacho. La mesa tenía dos agujeros de bala; la máquina estaba intacta, con apenas un raspón. Los plomos se habían alojado en la pared de adobe, el polvillo del yeso y la pintura verde agua por los impactos fue ostensible en el piso de madera renegrida por el petróleo.
Hacia las ocho de la mañana, después del desayuno, el sargento atendió a la mujer robusta de polleras y dientes cetrinos por las hojas de coca, y al curandero que Apaza se había empeñado en traer temprano, de algunos kilómetros al este.
Es un alma en pena, señorcito dijo la mujer.
Sería gueno pagar una mesa, jefe dice el curandero.
La mujer y el hombre complementaron el tema de las almas en pena y apariciones, extendiendo sus relatos y experiencias hasta cerca de las nueve, refiriendo en el transcurso un hecho pasado que sorprendió al sargento.
Ya por la tarde, el jefe de puesto había removido la mitad del cuarto de archivos, buscando intrigado el cuaderno de partes que mencionara algún incidente en el puesto. La muerte de un oficial años atrás referido por la mañana. Cuando lo halló, no sin mucho esfuerzo, las líneas decían:


PARTE Nro. 029–PPP–GC.
ASUNTO: Da cuenta sobre la muerte, presunto suicidio, del O.GC. CASTAÑEDA BARRIGA Ricardo (35), hecho ocurrido el día 03NOV61 a horas 16.00 aproximadamente, en el Puesto Policial de Perca.

INFORMACIÓN: El día 03 NOV 61 a horas 16.20 aproximadamente, el GC. Antonio RAMÍREZ MONTALICO, a su regreso de una diligencia oficial en la comunidad de Molloko a 8 kilómetros, encontró al Oficial GC. Jefe de Puesto de Perca CASTAÑEDA BARRIGA Ricardo, muerto por un disparo en la cabeza en el despacho del Puesto Policial…


El sargento comentó el hallazgo a sus subordinados sin mucho entusiasmo, en el último café de la tarde, con la noche ya encima y la llama del mechero combatiéndola desde su pedestal de lata.
El tipo tenía apellido norteño, seguro no aguantó la zona, la soledad y se mató.
Pero, ¿un oficial en un puesto como este? Apunta Zegarra.
Una rencilla personal con algún jefazo, seguramente dice Apaza.
Los dos guardias tomaron el descubrimiento finalmente en broma. Pero, cierto miedo los invadía en las noches cuando escuchaban o imaginaban escuchar ruidos. El cabo y los guardias que llegaron con los víveres para un mes, dos días después del último incidente, se mostraron incrédulos frente al hecho, y dormían placenteramente como infantes hasta el día en que cumplieron la semana de su regreso. Ese domingo en la noche el cielo y la pampa eran un pozo de obscuridad impenetrable. Después de la media noche, se oyeron ruidos evidentes que provenían del despacho. Zegarra, Apaza y el sargento se despertaron sobresaltados, preguntándose qué pasaba. Los recién llegados también despertaron, arrastrados por los murmullos en la cuadra. Afuera, en el patio, los ruidos se perdían en las manifestaciones del viento fuerte, que esa noche fue toda una novedad.
¡Caray, sí, es la máquina! dijo uno los guardias que había llegado con el cabo y los víveres, asustado. En eso, el viento ululó alto y el tablón grueso que tranca la puerta de la cuadra cayó con un golpe seco retumbando en todo el ambiente oscuro.
¡Carajo!... dijo el cabo con la boca seca a la mitad de la cuadra.
El sargento ya estaba sentado en la cama empuñando el revólver con las dos manos sudorosas, apuntando a la puerta. Las dos hojas cedieron con un chirrido agudo y una línea fosforescente de tono ámbar proveniente del despacho, o el patio, o de donde fuere, se inventó vertical. El resto de efectivos con los torsos levantados de los catres se petrificaron. La puerta seguía cediendo acompañada de los rechinidos, y el viento glacial, que correteaba violento en el exterior, ingresó enfriando el yeso de los muros del ambiente, las repisas y las caras grasosas de cada uno de los guardias civiles.


*Cuento publicado en el libro “Bajo la lluvia” (2009).

martes, 27 de octubre de 2015

HABLANDO DE TEATRO









Juan Carlos Ortiz Z.

En Puno no es frecuente el teatro, sin embargo, se presentan obras gracias al esfuerzo tenaz de ciertos grupos que apuestan por las tablas. Una de las obras importantes que se puso en escena en nuestra ciudad, data de finales del siglo anterior, recordémosla a través del siguiente artículo que escribí en aquella ocasión

YATIRI. ENTRE LOS DIOSES*

El grupo de teatro Yatiri, la última semana de enero, puso en escena Juegos de muerte, obra de creación colectiva bajo la dirección de Amiel Cayo y las actuaciones de Juan Vilca, Litzbel Charaja, José Chura, Iván Tacora y el propio Amiel. La obra fue presentada, antes de su puesta en la ciudad de Puno, en otros lugares del país en los cuales el trabajo tuvo gran acogida y crítica favorable.
Juegos… ambientada en una comunidad campesina, empieza con una tremenda discusión entre sus cinco personajes. La ira que los envuelve, va motiva por los más de dos años de sequía y la eterna espera de la ayuda prometida que nunca llega; y que deviene en desesperación y violencia.
El dirigente de la comunidad, don Venancio Colque (Juan Vilca), quien encarna los males en la comunidad y entorno al cual giran los acontecimientos del argumento, se encuentra en serios entredichos. Este es acusado por una parte del pueblo de mal manejar los ya escasos víveres que subsidian la supervivencia en el terrible momento de sequía; de dirigir la comunidad por intereses propios; y además, es acusado por la viuda (Litzbel Charaja), del asesinato del esposo de ésta, el anterior dirigente de la comunidad.
El misterioso crimen que queda impune (en apariencia), le es revelado a la viuda en sus sueños, en unas escenas brillantes de danza y violencia, en la que se deja entrever el asesinato ocurrido con anterioridad a los acontecimientos que muestra la puesta. Este crimen pone a Venancio en la dirigencia, ayudado por algunos comuneros de su confianza. Como es de esperarse, Venancio Colque niega la acusación.
La fuerte sequía sigue desencadenando desesperación, peleas y desconcierto en la comunidad, quedando únicamente el esperar la ayuda prometida y el encomendarse a la Santísima Cruz, a la que se le dedican procesiones fervorosas y rezos con incienso. Algunos prefieren “encomendarse” a la Pacha Mama, a la que el propio Venancio y algunos comuneros no le dan el menor crédito, surgiendo así, un enfrentamiento y división por las deidades.
La ayuda no llega como es de esperarse, las lluvias tampoco. Los Dioses no hacen caso a los ruegos.  El hambre y la muerte rondan en la comunidad.
Por último, sólo queda la fiesta de la Cruz, que el pueblo celebra con ganas y derroche de energía, a pesar de todo. La fiesta terminará mal, con el asomo de la frustración y la furia del presidente de la comunidad, quien ebrio y cansado de tanta espera, en un arranque de ira y después de pelear con algunos comuneros, se lanzará furioso sobre la Cruz,  destrozando a golpes de piedra la imagen oval de Cristo. Los hombres de la comunidad, entre irritados y perplejos, golpearan brutalmente al hereje para luego crucificarlo, atándolo de pies y manos en la cruz. Momentos después de la crucifixión, en medio de la perplejidad y la ira, el cielo empieza a relampaguear anunciando lluvia por fin.
Todos volverán a sus casas, quedando como última escena la crucifixión iluminada por los relámpagos intermitentes en la obscuridad, bajo la lluvia ya presente en pleno.
Yatiri con Juegos de muerte, trae nuevamente a la mesa de discusión el tema del resquebrajamiento de la “cultura andina”, como resultado de la imposición occidental. Dentro de esta idea general, en el transcurso de la obra, encontramos puntos sobre los que la puesta busca llamar a reflexión.
En medio de la sequía se anuncia la llegada de un personaje a la comunidad, se trata de un candidato al Congreso de la República. Este personaje no asoma en escena, pero, le sirve a Yatiri para recrear todos los arreglos y manipulaciones que se dan en tiempo de campaña electoral en el campo. El dirigente Venancio Colque es el vehículo de estos actos de manipulación, para ello lleva a los comuneros a una larga espera, aguardando la llegada del político, con preparativos de fiesta popular, cuidando, por supuesto, intereses propios. El candidato nunca llega, terminando todo en una parodia a las campañas electorales. La ayuda que se esperaba se esfuma con este hecho.
Un punto vinculado al anterior, sobre el que también se busca llamar la atención, es el asistencialismo. En medio de la difícil situación, los personajes traen consigo unos sacos vacíos, buscando hacerse de una parte de la ayuda prometida que aguardan a lo largo de la obra. Esta actitud se ve reflejada con nitidez en la puesta, hasta con cierta exageración, logrando llamar la atención sobre un hecho prácticamente habitual en nuestro país, la ayuda fácil por cálculo político, que en los últimos tiempos, ha acostumbrado al campesino a esperar con manos cruzadas las dádivas del gobierno.
Un tercer punto importante, es la discusión en un pasaje de la puesta sobre la deidad a la que debía recurrirse por ayuda, representada en la cruz (occidente) y la Pacha Mama (lo andino). Algunos comuneros reclamaron por lo segundo: la ofrenda a la divinidad andina, el pago a la tierra, la no alternancia y simultaneidad con lo católico; esto último, prueba de un claro desapego a la esencia de la cultura matriz, a la pérdida de la identidad, que Yatiri quiere mostrar en este pasaje. Sin embargo, el final es sorprendente y violento. Venancio Colque destroza con una piedra la imagen de Cristo, luego será crucificado por esto. Como ocurre en el mundo andino, nada queda impune, sin castigo.
Juegos de muerte es una magnifica obra teatral, con algunos altibajos menores que no le quitan el mérito de conjunto.


* Este artículo fue publicado en la revista de periodismo puneño Reporte, año 2 Nº 20, del 1 al 15 de marzo de 1999.

 
 

¡QUÉ VIVAN LOS PREMIOS PLATINO!




Juan Carlos Ortiz Z.

La segunda edición de los premios platino, este 2015, se llevó a cabo en Marbella, España, el sábado 18 de julio. Para este año se presentaron 760 películas en concurso, lo que deja entrever la buena salud del Cine Iberoamericano. En la ceremonia de premiación, estuvieron representados todos los países sudamericanos, centroamericanos y España, a través de sus realizadores y actores que presentaron las categorías, los nominados y premiaron a los ganadores. Por el Perú, estuvo presente la actriz Stephanie Cayo y el actor y director Salvador del Solar.
 La nota fuerte, por decirlo de algún modo, salió de boca de Antonio Banderas, galardonado con el Premio Platino de Honor. Banderas arengó en favor del Cine Iberoamericano, y destacó el que se llevara a cabo una premiación como la del Platino, que debe hacer fuerte a nuestro cine “para poder competir en igualdad de condiciones” señaló el actor y productor español, refiriéndose a la gran industria de Hollywood, luego, agregó: “nadie nos valorará si no lo hacemos nosotros primero”. La parte más picante de su disertación fue cuando se refirió a Donald Trump y su discurso antiinmigrante. La presentación de Banderas estuvo enmarcada en el halo de Cervantes, en El Quijote de la Mancha, en el sueño de un Cine Iberoamericano fuerte.
La gran película de la noche de premiación fue  "Relatos salvajes", ganadora como la Mejor Película Iberoamericana de Ficción, así como Premios Platino a Mejor Dirección, el realizador: Damián Szifrón.
Los otros premios, en las categorías habituales, fueron como sigue:
Premio Platino a la Mejor Interpretación Masculina: Oscar Jaenada, por "Cantinflas".
Premio Platino a la Mejor Interpretación Femenina: Érica Rivas, por "Relatos Salvajes".
Premio Platino al Mejor Guión: Damián Szifron, por "Relatos Salvajes".
Premio Platino a la Mejor Música Original: Gustavo Santaolalla, por "Relatos salvajes".
Premio Platino a la Mejor Dirección de Sonido: José Luis Díaz, por "Relatos Salvajes".
Premio Platino a la Mejor Dirección de Montaje: Damián Szifron y Pablo Barbieri, por "Relatos Salvajes".
Premio Platino a la Mejor Dirección de Fotografía: Alex Catalán, por "La isla mínima".
Premio Platino a la Mejor Dirección de Arte: Clara Notari, por "Relatos salvajes".
Premio Platino a la Mejor Película de Animación: "O menino e o mundo", de Brasil.
Premio Platino a la Mejor Película Documental: "La sal de la tierra", de Brasil y dirigida por Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado.
Premio Platino Camilo Vives a la Mejor Ópera Prima de Ficción Iberoamericana: "La distancia más larga", dirigida por Claudia Pinto Emperador.
Y, por supuesto, como lo mencionamos líneas arriba, el Premio Platino de Honor del Cine Iberoamericano fue para Antonio Banderas.
Quizá habría que destacar que en las dos ediciones que lleva los Platino, las películas ganadoras han sido de esta parte del globo. El año pasado fue “No se aceptan devoluciones”, película mexicana, y, este año, "Relatos Salvajes", filme argentino. A esta podemos sumar la Opera Prima "La distancia más larga", película venezolana, por supuesto algunas de estas en coproducción con España. Lo curioso del caso, sería que el Premio Platino a la Mejor Interpretación Masculina, fue otorgado al actor español Oscar Jaenada, nada menos que por "Cantinflas", un ícono del cine latinoamericano.
De las películas peruanas, cuatro fueron preseleccionadas para competir en diversas categorías, estas fueron: “El elefante desaparecido”, “El mudo”, “Perro guardián” y “Buscando a Gastón”. Las categorías: “Mejor documental”, “Mejor dirección”, “Mejor guión”, “Mejor interpretación masculina”, “Mejor interpretación femenina”, “Mejor música original”, entre otras (http://peru.com).
Las 760 películas presentadas a concurso es un conjunto de producciones que nos deja tranquilos a los que gustamos del cine (le llamaremos alternativo, a sabiendas que este rótulo puede ser polémico) de contenidos que reflejan el cómo somos los seres humanos, y que nos permite reflexionar sobre nuestras circunstancias, sobre nuestras vidas, y acaso el poder mejorarlas, para bien de todos.

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Texto publicado en el diario Los Andes

miércoles, 23 de julio de 2014

Siguiendo a Gabo



Por: Juan Carlos Ortiz Z.

Uno de los primeros libros que leí de Gabriel García Márquez fue “Ojos de perro azul”, un libro de cuentos que me deslumbró e hizo que siguiera a Gabo en mis primeros años de estudiante de literatura, en la universidad. Desde entonces, los que gustábamos de su prosa mágica (muchos), de extraordinario lenguaje, buscábamos sus libros en las aceras de la ciudad, o en los locales de venta de libros de segunda. En esos años las copias piratas o no existían o recién iniciaban, de modo que podían encontrarse libros originales. De no ser el caso, leíamos a Gabo en las bibliotecas públicas de la ciudad, o en las de la facultad, o por préstamos de los amigos que tenían los libros del escritor colombiano en sus hogares.
En algunos casos hacíamos el esfuerzo de comprar ejemplares nuevos en alguna librería, temerosos de ocasionar un desequilibrio en el presupuesto mensual de estudiantes. Así compré “El olor de la guayaba”, lo recuerdo, en una pequeña librería del centro de la ciudad, a unos pasos de Mercaderes.
En “Ojos de perro azul”, pude aprender las frases cortas y contundentes con que inician sus cuentos. “Sin saber por qué, despertó sobresaltado”, por ejemplo, o, “Entonces me miró”, también, “Nabo estaba de bruces, sobre la hierba muerta”. Luego vino “El coronel no tiene quien le escriba” y “Crónica de una muerte anunciada”.
En “El olor de la guayaba” de Plinio Apuleyo, me arrojé con ganas y ansias sobre las revelaciones que tendría por hacer García Márquez, en cuanto al cómo había escrito sus libros, y al arte de escribir en general. En esa entrevista habla de los autores de los que aprendió, y los que le gustaron, entre otros temas. Quizá sea la razón por la que poco tiempo después, leí a Grahan Greene. Gabo dice de este autor, que le había enseñado bastante en cuanto a técnica narrativa. La verdad disfruté mucho “El americano impasible”.
Luego de leer “Cien años de soledad”, en el patio de Filosofía y Humanidades de la universidad San Agustín, nos la pasamos con los amigos y compañeros de clase, varias semanas hablando de esta novela que desafía la realidad. Sus imágenes que parecen sacadas del cine más fantástico, pero sin dejar la base real de la que Gabo parte, nos causaba asombro, más el que estuviera en un libro reconocido mundialmente, cuyo autor era un premio nobel, nada menos. El asombro provenía de la comparación con el resto de literatura leída hasta “Cien años de soledad”, una literatura realista casi en su totalidad.
De las primeras lecturas de la obra de este estupendo escritor, recuerdo haberme dado un tiempo para transcribir en mi pequeña maquina Olivetti, las mejores frases, las más extraordinarias, en todo caso las que más me atrajeron. Habré transcrito aquellas en una media docena de páginas, que luego se me perdieron en una mudanza. Pues un lenguaje como el que tuvo García Márquez, seduce a los que gustamos de la literatura, como un hechizo infalible.
La novela que más me deslumbró de este escritor, fue “El otoño del patriarca”, libro de una prosa sin fisuras. En mi época de estudiante, por supuesto, no tenía el libro en casa, de modo que debí leerlo de prestado, pues el ejemplar que ahora poseo en mi biblioteca, de tapas duras, lo compré sin dudarlo en original, hace unos años apenas, en una librería de viejo, y en una editorial poco conocida, al menos para mí: “Plaza y Janes, S.A.”.
Los últimos libros de García Márquez con los cuales tuve contacto como lector, fueron: “Doce cuentos peregrinos”, que debe ser una lectura de fines del siglo anterior, y del reciente, a principios, “La bendita manía de contar”, del taller de cine que condujo para la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba.
Ahora dejo los recuerdos sobre Gabo, pues un pálpito repentino, en esta media mañana, me indica que debo ir al jardín de flores coloridas que mi esposa ha conformado en la terraza de la casa. Algo me dice que unas mariposas amarillas danzan alegres entre y sobre los maceteros. Debo ir a ver me digo, y me dirijo allá con un vallenato alegre en la memoria, que empiezo a tararear contento.


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Texto publicado en el diario Los andes el 01 jun 2014