Darwin Bedoya
domingo, 10 de enero de 2016
NOTA AL LIBRO “MÁS AL SUR”
viernes, 8 de enero de 2016
A PROPÓSITO DE LA SAGA “STAR WARS”
Juan Carlos Ortiz Z.
Episodio I
A finales de los 70, con nueve o
diez años, vi en el Cine Puno “El regreso del Jedi”. Fue una experiencia
incomparable tomando en cuenta mi edad y la época en que se exhibió la
película. En esos momentos, por supuesto, no había computadoras o celulares,
apenas escasos televisores en blanco y negro en la ciudad, que pocos tenían en
casa, por tanto, ver una guerra en el espacio exterior, en colores, con la
tecnología mostrada en el filme, fue espectacular.
Poco tiempo después de la
exhibición de la cinta, como tenía que ocurrir, Coca Cola se encargó de hacer
llegar los sables de luz, y como no podía ser de otro modo, tuve uno en mis
manos, al igual que algunos de los amigos del barrio.
Imagínense una película así en
una ciudad pequeña como Puno, a finales de los 70, con absolutamente nada de
industria y menos de tecnología en la región. E imaginen a las personas, que no
fueron a ver el filme o nunca iban al cine, ver a un conjunto de niños y
adolescentes briosos peleando con sables de luz en las noches, recorriendo los
parques de la ciudad en persecuciones destempladas.
Por aquellos años, no lo
recuerdo con exactitud, debió jugarse un buen tiempo a buenos y malos, dando gritos
y sablazos grotescos, sin ninguna gracia, buscando un objetivo o simplemente
ganar una justa. En nuestro caso, me refiero a mí y a los amigos, tratábamos de
apoderarnos o defender el pequeño rectángulo en el que se alzaba el monumento
al Almirante Miguel Grau, a unos pasos de casa.
Debo confesar que gané muchas
batalles entonces, aunque las quejas de mis oponentes habituales (algunos amigos),
aguijoneaban mi orgullo con críticas a mi estilo de lucha, con frases como: De
cualquier modo no cuenta, a la “chacra” no vale. No tenía por supuesto una
técnica pulida con el sable, pero a esa edad, lo importante era ganar, derrotar
al lado oscuro, como sea.
Episodio
II
Después que Lando Calrissian, en
“El retorno del Jedi”, salió de la Estrella de la muerte pilotando el Halcón
Milenario, con un grito de júbilo, tras incinerar (el clímax) aquel temido
satélite artificial desde su núcleo, me dije: “Es posible esto”. Imaginen los
efectos especiales que llenaban la enorme pantalla del cine Puno en aquella
época, y lo que puede significar para un niño.
No vi en el cine, en esos años,
el primer episodio (“Star Wars. Una nueva esperanza”) ni el segundo (“El
imperio contraataca”), razón por la que, al enterarme que un primo mayor tenía
el libro del que seguramente se tomó la historia para la filmación del primer
episodio, me presté el ejemplar. No recuerdo si leí el libro completo, en todo
caso, fue el primer libro que tuve entre las manos.
Recordando aquellos años, y reflexionando
desde el presente sobre lo ocurrido, es muy probable que en ese episodio
naciera mi interés por el ejercicio de la imaginación, me refiero a concebir y
escribir historias, y, más tarde, a quererlas realizar.
Episodio
III
No todo lo que brilla es oro. “Para el crítico británico David
Thomson —señala Ernesto Ayala en su artículo del 2013 ‘La última época dorada’—
el cine (el buen cine) fue herido de muerte el año 1975 con el estreno de
‘Tiburón’ de Steven Spielberg, para terminar rematado definitivamente en 1977
con ‘La guerra de las galaxias’, de George Lucas”. Thomson añade que “todo se
vino cuesta abajo desde entonces”, y muchos como él comparten tal opinión, como
Kim Newman, critico igualmente británico.
Newman manifiesta, en el mismo
artículo, que iniciando los 70, bajo los temas de Vietnam y Watergate, se daba
entonces “una ola de introspección americana”, haciéndose extraordinarios
filmes (no necesariamente perfectos), con directores que eran ya renombrados o
lo serían más adelante. En aquel entonces, lo que podía verse en pantalla, en la
puesta en escena o en la fotografía, aún se hallaba vinculada a la realidad,
manifiesta Ayala, añadiendo a esto que aquel “era un cine que se tomaba en
serio y que honraba el lugar que aún mantenía en las discusiones culturales y
sociales” de la época.
Entonces, a partir de la
aparición de estas películas (“Tiburón” y “La guerra de las galaxias”) la
“época dorada” o el buen cine en Hollywood decae, para dar lugar al nacimiento
de las superproducciones, los blockbuster, que tienen como objetivo común, el
lograr millones de dólares en taquilla (todo un negocio), bajo la utilización
de fórmulas repetitivas en sus argumentos, y con el ingrediente infaltable de
los efectos especiales, que muchas veces son el elemento central de estas
películas.
Básicamente, este tipo de cine
es para niños y adolescentes, en nuestra
opinión, lo que no impide, por supuesto, que los adultos podamos ir a una sala
de cine a distraernos en algún momento, pero de ahí a dedicarle a estos filmes tiempo,
constituyendo club de fans, convenciones y otros, nos parece una exageración.
miércoles, 30 de diciembre de 2015
CONFESIÓN*
Juan
Carlos Ortiz Z.
Ella se llama Irene. Yo
soy Alfonso. Con Irene vivo cerca de seis años y confieso que me harté. Así es.
Me harté de sus caderas anchas, de sus enormes senos blancos, de sus nalgas
colosales que han empezado a ponerse flácidas como su vientre, de sus manías
para todo, del olor de su piel, y, hasta ahora, no me explico bien el porqué.
Cuando me pregunto sobre ello (escasas veces por cierto, no conviene hacerlo a
menudo) no hallo una respuesta satisfactoria. Y no es que Irene fuera fea, todo
lo contrario.
Para llenar este vacío
inquietante, que a veces me retiene en la calle sin el menor deseo de volver a
casa, recuerdo la explicación que me hiciera un antiguo compañero de
universidad. Lo recuerdo mal. Me comentó una última vez que nos vimos por
casualidad, hace años, en el mercado, en el pasaje de las frutas, que había
leído un artículo científico sobre el amor en una revista de prestigio, y que
la lectura le había sido reveladora, que confirmaba su tesis de que los amores
largos no existían, y que reforzaba sin duda su tenaz oposición al matrimonio.
Apenas duraban por encima de los tres años, dijo, hasta los cuatro tal vez, y
que nada existía más allá, apenas la costumbre. También dijo, creo recordarlo,
que el enamoramiento era cuestión de un líquido muy sutil. ¿En la sangre? No
estoy seguro. No estoy seguro si en todo el cuerpo o en un punto en especial;
podría ser el corazón lo más probable. Pero me cuesta creer que el amor sea un
líquido, como el líquido de las ampollas que hay en las farmacias, me parece
más bien una inhalación y exhalación larga, duradera, de meses o de años. Al
menos, eso me pareció al principio. Ahora no estoy seguro, será que ya no tengo
el espíritu de un adolescente.
Al inicio las cosas
fueron excepcionales con ella. La conocí una mañana en la universidad. Vino a
economía con el grupo de amigos de clase, y desde el primer instante en que la
vi, me atrajo. Después que nos presentaron
todos estuvimos conversando un buen rato entre risas. Cuando nos
quedamos solos (el resto había desaparecido entre la preocupación por los
libros de biblioteca, las fotocopias, las coordinaciones de grupo para los
trabajos del fin de semana, etc.) charlamos y bromeamos unos minutos más, y
quedamos en ir al cine el fin de semana, a ver Jurassic Park.
Allí empezó todo.
Enamoramos por dos años y luego decidimos vivir juntos contra toda oposición.
Los dos primeros años, del enamoramiento, iba a buscarla o venía por mí a la
facultad. Por las tardes, solíamos cumplir nuestros pequeños planes que se
hicieron rutina: ir al cine, a tomar helados a la avenida Ejército, pasear por
Yanahuara... Irene me hacía sentir de maravilla, no había comparación con las
experiencias anteriores y eso me ponía seguro, y sentía que había encontrado la
otra parte de mi vida.
Los dos primeros años y
algo más de vivir juntos, los pasamos: ella del instituto por las mañanas a
dependienta en una tienda de calzados por las tardes. Yo de la universidad en
las mañanas a dictar clases sin tregua toda la tarde en una academia de
estudios preuniversitarios anuales. Por supuesto, las matemáticas son mi
fuerte, aunque de nada me sirven ahora.
Aquella época fue
maravillosa. Recuerdo que teníamos alquilado un cuartito en Miraflores. Los
sábados y domingos, después del almuerzo, que preparábamos nosotros, solíamos
hacer una siesta de una hora, o ver televisión, y, luego, hacíamos el amor
hasta el anochecer. Después, salíamos a la calle a cenar algo ligero; y a la
vuelta, a preocuparnos por el lunes, las clases a preparar en mi caso (por esa
época, no le daba ya mucha importancia a la universidad), y después de una ducha,
de nuevo a la cama.
El dinero no nos sobraba,
pero no había quejas. Con nuestros salarios y las mensualidades modestas que
Irene recibía de su madre, a escondidas, sin que el padre se enterara, y la
mensualidad que mi padre me daba casi siempre (algún mes podía fallar) se
estaba bien. En ocasiones, teníamos nuestras riñas de guardería, pero nada
serio. Sin duda, fue una buena época.
Ahora todo ha cambiado,
incluso Irene. Vivimos un año y medio en casa de sus padres. Tenemos alquilada
una tiendecita en la avenida Estados Unidos. Allí pusimos una librería discreta
y unas maquinas de fotocopiar (debemos ganarnos la vida de algún modo). Irene
atiende el negocio por las mañanas, y yo por las tardes. Creo que lo hacemos de
este modo para evitar el toparnos las tantas horas que tiene el día. Todo es
tácito. Todo se desgasta. A veces pienso en marcharme, pero algo me lo impide,
no es lástima, ni el tener que cumplir con ella o su familia. ¿Qué es? No lo
sé.
Como dije, la reemplazo en
la tienda de fotocopiar por las tardes, a la una. Para esto, cruzo a diario las
calles de Juan Pablo, desde la casa de los padres de ella hasta la avenida. Y
también cruzo el parque en el que estoy ahora fumando con tranquilidad, sentado
en este banco de concreto frente a la casa rosada de dos pisos, en la que
observo, ya con el deseo remansado, exhalando bocanadas de humo, la ventana
vertical casi transparente, al fondo, sobre la puerta del garaje de esa casa,
en la que unos minutos antes, la mujer, la joven, se jabonara bajo la ducha con
ademanes truculentos, como si intuyera desde hace tiempo que la observo y no
quisiese negarme su acto.
Así ocurre desde hace
mucho. Un juego repetitivo. Y, aunque suene mal, esto alivia mi alma y no me siento
ridículo como antes, lo confieso, y en virtud de este alivio decido
quedarme unos minutos más a fumar otro
cigarrillo, en este parque, que exhibe un verde maravilloso...
*Cuento publicado en el libro “Bajo la lluvia” (2009).
martes, 29 de diciembre de 2015
TRES RENGLONES Y UNA EQUIS*
Juan Carlos Ortiz Z.
─¡Sar, sar...! ¡Mi sar...!
El sargento
despierta y se endereza rápidamente en la cama.
─ ¿Qué pasa? ─dice. Había estado soñando feo.
─¡Ladrones, creo que son ladrones,
y en el despacho, mi sar!...
El sargento,
aún adormecido por el sueño, se esfuerza por oír conteniendo la respiración, y,
aguzando todos los otros sentidos, trata de percibir algo, de todos modos, en
la insondable oscuridad de la cuadra.
─¡Carajo, ya no respetan ni el
puesto de policía…! Pero... ¿estás seguro?
─¡Sí, mi sar!
A
continuación, el viejo salta de la cama arrojando las frazadas, y llama:
─¡Zegarra! ¡Zegarra!
─No le hará caso, mi sar, Zegarra
cuando duerme es una piedra.
─¡Carajo!...
Una vez en
pie, clase y subalterno, ya despiertos del todo, se toman un par de segundos
para oír algo en el silencio de la noche, desde la oscuridad de la cuadra. En
seguida, un insignificante murmullo los lleva a abrigarse de prisa, nerviosos,
con la atención puesta en el despacho, el cuarto más importante del puesto
policial.
El sargento,
después de enfundar los pies gruesos en los borceguíes, busca su arma por todos
lados; tropieza unos segundos después con su forma familiar en el cajoncillo de
la mesita común. Estaba fría y aceitosa.
─¡Abra la puerta, Apaza...! ─dice.
─Está abierta, mi sar...
La noche era
una masa sólida de oscuridad, casi tangible.
El sargento,
una vez en el umbral, por intuición o costumbre, clava la mirada en la puerta
imaginaria del despacho, en el punto en el que debería estar, al frente, del
otro lado del patio de tierra que la oscuridad esconde. Solo podía oírse en ese
instante, en el hueco de la noche, la respiración pesada de Zegarra, que seguro
habría cambiado de lado sobre el colchón, en el fondo de la cuadra.
El viejo
jefe de puesto sale cauteloso, con el arma en la derecha a la altura del
estómago, sintiendo aún el frío de la culata de hierro forrada en madera
grasosa. De inmediato, el frío manosea sus tobillos y pantorrillas desnudas, pues,
lleva los borceguíes abiertos como orejas de elefante, arrastrando los
cordones. De modo exagerado, su vientre sobresale por encima del elástico
amplio de los calzoncillos, y del pantaloncillo blanco y corto de dormir. Una
sensación de desasosiego le revolotea en las tripas, y traga saliva a cada
momento.
Allí afuera
todo está en profunda calma, en una calma fastidiosa que afecta los nervios.
El obeso sargento
continúa desplazándose con pasos laterales, sobre la veredita de concreto que
acompaña a los muros que rodean el patio de tierra, rozando el espeso capote
verde contra la pared de adobe, mirando atento al frente. Una vez acostumbrado
a la oscuridad, la puerta del despacho y las ventanas se hacen visibles
mágicamente, en esa escasa fosforescencia del cielo sin estrellas, que sus ojos
heridos por el sueño no pudieron percibir en un inicio.
Una vez en
el flanco contiguo, el hombre viejo echa un vistazo por la pequeña ventana baja
de la cocina. No alcanza nada. A tres o cuatro pasos a continuación, la puerta
tiene el candado de costumbre con sus extraños repujados ininteligibles. Lo
aprieta con fuerza para cerciorarse que es real. Luego del otro ángulo, hace lo
mismo, mira por los vidrios a la sala de archivos, e imagina la pila de legajos
polvorientos atados o cosidos con gruesos pabilos blancos en el rincón
habitual.
Apaza, a la altura
de la cocina, siguiendo los pasos del sargento, echa una ojeada por la ventana,
al acercar la cara a los vidrios oye unos ruidos. Imagina a alguien junto a la
vieja mesa de madera en la oscuridad, se sobrecoge; entonces, afirma mejor los
pies en la vereda, dudando, en el interior los murmullos crecen y el guardia no
vacila en tirar del gatillo astillando el silencio de la noche y uno de los
vidrios cuadrados de la ventana. El estruendo es
enorme, hace eco en el cielo vacío y oscuro.
─¡¿Quién-ca-ra-jo-es?! ─pregunta el sargento, asustado,
luego de unos segundos que parecieron un siglo, mordiendo cada sílaba de la
frase, pegado a la pared, listo para contestar el fuego.
─¡Guardia Apaza, mi sar!
─...
─¡¿Quién es, carajo?! –grita
Zegarra con la voz salida de su garganta seca por el susto, desde la puerta de
la cuadra, sin saber si hay alguien en la oscuridad exterior. Trae el correaje
grueso en la mano, que ensarta la funda que guarda el revólver. Nadie puede
verlo.
─¡Shhh...!
El sargento
mira por la ventana del despacho, luego se acerca a la puerta. El candado
estaba puesto como todas las noches.
─¡Las llaves! ─pide.
Apaza se
dirige rápidamente a la voz, a grandes trancos, inseguro, procurando adivinar
dónde pisa y describiendo una hipotenusa entre la cocina y la puerta del
despacho.
El sargento
entra sigiloso en el ambiente oscuro, con el arma lista y el candado en la
izquierda estrujándolo con violencia. ¿Entrarían por la ventana que da afuera,
a la pampa inmensa? Luego anda casi en puntillas hasta medio despacho, con los
ojos bien abiertos, después vira un poco y se asoma a la mesa que hace de escritorio,
en el rincón.
Luego de
unos segundos dice ─por decir
algo y hacer tierra con la tensión del instante─, con su voz ronca de sargento:
─¡Solo está la calata, carajo! ─Se refería al semidesnudo de la
muchacha en el almanaque de lubricantes Castrol,
en la pared sobre el escritorio, que creía ver en la oscuridad y que todos
tienen grabado en la memoria.
─Mi sar, se va a volver ciego, no
haga tanto esfuerzo ─dice Apaza,
sarcástico, apoyado en el muro interior del despacho, junto a la entrada, ya
relajado.
En la
cuadra, al frente, el guardia Zegarra acababa de asomar por segunda vez al
umbral de la puerta, esta vez más arropado, y con el mechero de pantalla de
vidrio recién encendido. Solo aguardaba un poco más a que la llama, aún
desvanecida, cobrara fuerza del todo, y que sus ojos dejaran de dolerle por el
sueño. Entonces, el sargento escrutó mejor el largo del cuarto que se empleaba como
despacho, reinventado tenuemente en ese momento por la luminosidad amarillenta y
vacilante del mechero, que ingresa por los cristales y la puerta marcándose en
la pared opuesta de ventanas mucho más pequeñas que daban a la pampa
inconmensurable.
Al parecer,
todo estaba en orden.
El sargento
vuelve al calendario enorme, y allí estaba la joven, en traje de baño rojo de
una sola pieza, impasible y soberbia, revelada por la luz. La sombra del hombre
viejo, proyectada por la emisión del mechero, baila al lado del almanaque.
─¿Qué es, mi sargento?
La pregunta
vino del patio de tierra. No hubo respuesta. A continuación, una carcajada
irrumpe en el despacho.
─¡Oiga!, ¿de qué se ríe? ─pregunta el sargento,
ceñudo, mientras deposita el arma y el
candado sobre la mesa, junto a la máquina de escribir. Apaza, mostrando los
dientes, señala con un índice oscuro. A la luz del mechero, la figura del
guardia Zegarra luce grotesca en el umbral del despacho. Traía quepí, el capote
espeso colgado de sus hombros, las piernas desnudas, los borceguíes abiertos,
el mechero con pantalla de vidrio en la izquierda y el brazo derecho colgándole
muerto por el peso del revolver.
El hombre
mayor con la cara ajada se vuelve hacia Apaza. El guardia recién examina al
hombre viejo de pies a cabeza y se disculpa llevando los dedos a la visera. Solo
Apaza traía unos viejos pantalones de la institución.
─¿Qué fue, mi sargento? ─pregunta Zegarra otra vez.
─Parece que nada ─responde con voz ronca el
interpelado, y sale hacia la cuadra─. Mañana es
lunes, me voy a la cama.
─Juraría que oí algo, mi sar ─dice Apaza, siguiéndolo.
─Serán fantasmas, o tu
imaginación...
Se fueron a
dormir.
En esa
región inconmensurable de la sierra, en la que el puesto de policía era un
lunar casi solitario en la inmensa pampa verde y marrón, el sargento era el
único capaz de distinguir un día lunes de un domingo, o un jueves, o cualquier
otro día. Para el resto de efectivos, todo era igual, excepto la temporada de
lluvia: el sol sale por el mismo lugar; el cielo es siempre azul; las nubes
tienen las mismas formas; el horizonte, claro, el mismo; las estrellas y la
noche, silenciosas. Pero ahora, estaban los ruidos.
Ese lunes
los sonidos volvieron a presentarse y el sargento saltó hacia la ventana
armado.
─¿Qué puede ser, mi sargento? ─pregunta Zegarra, esta vez
despierto.
─... Mmm... ¿La guerrilla?... No
sé.
─Aquí no creo, jefe, prácticamente
estamos con un pie en el otro país, además, eso terminó hace años.
─Es mejor prevenir, no hay que
confiarse.
─Mi sar, yo no oí nada ─dice Apaza.
─A decir verdad, creo que yo
tampoco, mi sargento...
─Shhh...
─¿Qué es eso?
─¡Parece una maquina de escribir!
Luego de unos
segundos largos, en la oscuridad de la cuadra, los dos guardias se visten
veloces y empuñan sus armas.
─¡Vamos, muévanse, a las ventanas y
la puerta! ─dice la voz
ronca del jefe de puesto─. Salir
anoche descubiertos fue una cojudez.
Se
parapetaron aguardando movimientos y un posible ataque. Después de esperar un
buen rato, salieron.
─¡Zegarra, aquí, cúbrenos! ¡Apaza,
a la derecha, a la cocina!
Salieron
sigilosos al frío, bien aferrados a los revólveres. Y cuando Apaza indicó, en
voz baja, que todo estaba despejado el sargento cruzó cauto el umbral y luego el
patio como si buscara sorprender a una gallina por la cola; y, una vez en el
otro punto, frente a la puerta del despacho, oye un ruido claro y dispara
repetidas veces, y en seguida se parapeta a un costado de la puerta. Los
fogonazos rasgaron la oscuridad sucesivamente. Luego de un silencio pesado, el
jefe de puesto mete las dos hojas de un puntapié; estas ceden con quejidos,
fácilmente.
Una vez
dentro, escruta por un momento el interior, y aguza la vista para alcanzar la
mesa que la oscuridad envuelve; de allí venían los ruidos.
─¡El mechero! ─pide.
Apaza cruza
el umbral de la cuadra hacia el interior procurando no rozar el aire. Busca el
mechero en la ventana. Finalmente, Zegarra toma la lata sin la pantalla de vidrio
y cruza rápidamente el patio. Chasquea el palito de fósforo en la lija de la
cajilla que buscó en su capote y prende el trapo empapado en querosene. La
oscuridad se repliega desde las manos del sargento.
─¿Qué fue eso? ─preguntó Zegarra, distraído mirando
en derredor, como si pensará en voz alta clavado en el vacío del despacho.
El sargento
camina hacia la mesa y Zegarra lo sigue mecánicamente. A sus dos sombras,
enormes y vacilantes en uno los muros, se junta la de Apaza.
─¿Quién usó la maquina ayer? ─interroga el viejo jefe de puesto,
desconcertado.
─Yo ─contestó Zegarra─. Ayer hice
el parte sobre el disparo de Apaza. Solo eso.
Apaza se
intranquiliza. El sargento entrega el mechero a Zegarra y en seguida libera los
folios del rodillo de la voluminosa Remington.
Toma su mentón preocupado con la mano izquierda y la derecha asoma el papel a
la lumbre, luego acerca la cara gruesa repentinamente sobre la hoja. Los dos
guardias hacen lo propio y se estremecen. Zegarra y el sargento miran a Apaza.
Éste niega con la cabeza repetidas veces, todavía impresionado. La hoja bulky
tenía tres renglones de equis más una en la línea siguiente, el resto estaba en
blanco. Apaza mira la silla y luego la máquina sobre la mesa y se persigna
rápidamente.
A la mañana
siguiente, temprano, reexaminan el despacho. La mesa tenía dos agujeros de bala;
la máquina estaba intacta, con apenas un raspón. Los plomos se habían alojado
en la pared de adobe, el polvillo del yeso y la pintura verde agua por los
impactos fue ostensible en el piso de madera renegrida por el petróleo.
Hacia las
ocho de la mañana, después del desayuno, el sargento atendió a la mujer robusta
de polleras y dientes cetrinos por las hojas de coca, y al curandero que Apaza
se había empeñado en traer temprano, de algunos kilómetros al este.
─Es un alma en pena, señorcito ─dijo la mujer.
─Sería gueno pagar una mesa, jefe ─dice el curandero.
La mujer y
el hombre complementaron el tema de las almas en pena y apariciones, extendiendo
sus relatos y experiencias hasta cerca de las nueve, refiriendo en el
transcurso un hecho pasado que sorprendió al sargento.
Ya por la
tarde, el jefe de puesto había removido la mitad del cuarto de archivos,
buscando intrigado el cuaderno de partes que mencionara algún incidente en el
puesto. La muerte de un oficial años atrás referido por la mañana. Cuando lo
halló, no sin mucho esfuerzo, las líneas decían:
PARTE Nro.
029–PPP–GC.
ASUNTO: Da cuenta sobre la muerte, presunto suicidio, del O.GC.
CASTAÑEDA BARRIGA Ricardo (35), hecho ocurrido el día 03NOV61 a horas 16.00
aproximadamente, en el Puesto Policial de Perca.
INFORMACIÓN: El día 03 NOV 61 a horas 16.20 aproximadamente, el GC. Antonio
RAMÍREZ MONTALICO, a su regreso de una diligencia oficial en la comunidad de
Molloko a 8 kilómetros, encontró al Oficial GC. Jefe de Puesto de Perca
CASTAÑEDA BARRIGA Ricardo, muerto por un disparo en la cabeza en el despacho
del Puesto Policial…
El sargento
comentó el hallazgo a sus subordinados sin mucho entusiasmo, en el último café
de la tarde, con la noche ya encima y la llama del mechero combatiéndola desde
su pedestal de lata.
─El tipo tenía apellido norteño,
seguro no aguantó la zona, la soledad y se mató.
─Pero, ¿un oficial en un puesto
como este? ─Apunta
Zegarra.
─Una rencilla personal con algún
jefazo, seguramente ─dice Apaza.
Los dos
guardias tomaron el descubrimiento finalmente en broma. Pero, cierto miedo los
invadía en las noches cuando escuchaban o imaginaban escuchar ruidos. El cabo y
los guardias que llegaron con los víveres para un mes, dos días después del
último incidente, se mostraron incrédulos frente al hecho, y dormían placenteramente
como infantes hasta el día en que cumplieron la semana de su regreso. Ese domingo
en la noche el cielo y la pampa eran un pozo de obscuridad impenetrable.
Después de la media noche, se oyeron ruidos evidentes que provenían del
despacho. Zegarra, Apaza y el sargento se despertaron sobresaltados, preguntándose
qué pasaba. Los recién llegados también despertaron, arrastrados por los
murmullos en la cuadra. Afuera, en el patio, los ruidos se perdían en las
manifestaciones del viento fuerte, que esa noche fue toda una novedad.
─¡Caray, sí, es la máquina! ─dijo uno los guardias que había
llegado con el cabo y los víveres, asustado. En eso, el viento ululó alto y el
tablón grueso que tranca la puerta de la cuadra cayó con un golpe seco
retumbando en todo el ambiente oscuro.
─¡Carajo!... ─dijo el cabo con la boca seca a
la mitad de la cuadra.
El sargento
ya estaba sentado en la cama empuñando el revólver con las dos manos sudorosas,
apuntando a la puerta. Las dos hojas cedieron con
un chirrido agudo y una línea fosforescente de tono ámbar proveniente del
despacho, o el patio, o de donde fuere, se inventó vertical. El resto de
efectivos con los torsos levantados de los catres se petrificaron. La puerta
seguía cediendo acompañada de los rechinidos, y el viento glacial, que
correteaba violento en el exterior, ingresó enfriando el yeso de los muros del
ambiente, las repisas y las caras grasosas de cada uno de los guardias civiles.
*Cuento
publicado en el libro “Bajo la lluvia” (2009).
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